Santa Cruz de la Sierra

La mística

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Nuevamente, estamos en el bloqueo de la rotonda de la Madre India, donde las mujeres siguen siendo las verdaderas protagonistas de la protesta. Mi hijito Sebastián acaba de construir con su Lego una gran cantidad de casas. Ahora mira hacia el cielo y dice: “Papá, quiero que de una vez empieces a creer en los angelitos. No me gusta que no creas en los angelitos”. Trato de explicar: “Ay, hijo, no tengo talento para la mística ni para la metafísica. Nací en un país nórdico donde me enseñaron valores sobrios y racionales. Es verdad, no creo en los angelitos. En cambio, creo en la modestia personal, en la humildad y, naturalmente, en la libertad y la importancia  de obrar con justicia. ¿Me entendés?”. No sé si mi hijito me entiende. Probablemente, no. Cuando me hablan de religión, no importa que lo haga un niño o un adulto, tiendo a esconderme detrás de términos académicos, es decir, erijo una cortina de conceptos aparentemente claros pero en realidad vagos y abstractos. De todas maneras, Sebastián sigue mirando el cielo. Me enseña una nube y dice: “Mirá, papá. Esa nube tiene forma de ángel”. Yo digo: “Más bien tiene forma de banana”. Mi hijito exclama: “¡Uf! ¡Nada que ver! ¡Tenés que mirar bien y creer!”. Ahora me da un abrazo, diciendo: “Ay, pobre papá, no ves a los angelitos”. Se nos acerca Juan Carlos Céspedes, gran amigo y dueño del mejor restaurante del barrio El Trompillo, el “Toborochi”, situado sobre la avenida La Barranca, cerca de la plazuela y enfrente de la casa de mis suegros. Juan Carlos me da una palmada en la espalda y le dice a Sebastián: “¡Guau! Armaste una ciudad con tu Lego. ¡Qué cosa más hermosa!”.   Mi hijito explica: “Sí, es una ciudad. ¿Y sabés, tío Juan Carlos, que la ciudad es protegido por angelitos?”. Para mi asombro, el dueño del “Toborochi” indica la gran nube en el cielo y dice: “Claro, mi niño. ¿Viste que esa nube tiene forma de ángel?”. Sebastián contesta: “Sí, yo lo veo. El único que no lo ve es mi papá”. Juan Carlos dice, lacónico: “No me sorprende. Hay muchísimas cosas que tu padre no ve. Cosas muy importantes”. Digo en broma: “Por eso soy periodista. Tengo una visión limitada”. Mi amigo Juan Carlos dice todo serio: “Exactamente. Si abrieras tu mente a las cosas trascendentales te podrías convertir en un gran escritor. Por ejemplo, si pudieras sentir y ver lo que nosotros en estos días de tensión y esperanza sentimos y vemos, escribirías columnas mejores, llenas de fervor y mística”. Sebastián agrega: “Y llenas de angelitos”.

Allart Hoekzema Nieboer   MIGAJAS

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